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En Aruba la vida es un carnaval


La distracción es una forma de aliviar la pena. Por eso la gente hace fiesta, toma y, a veces, hasta consigue mujeres. Mientras León Beréneos escudriña su memoria, un sinnúmero de turistas de todas las nacionalidades salen y entran de Charlys Bar, un rinconcito de San Nicolás, cuyas paredes y puertas exhiben miles –en realidad quizá millones- de objetos donados por quienes asisten allí en busca de una cerveza Balashi bien fría o de un plato de Scavechi para cenar.

Afuera, la calle principal de la que es considerada la segunda ciudad más importante de Aruba, después de su capital Oranjestad, permanece cerrada al público. Todo porque ya son más de las seis de la tarde y como cualquier jueves del año, la vía se transforma a esa hora en un paseo peatonal lleno de coloridos quioscos, donde se ofrecen desde empanadas de coco hasta chorizos con papa “hervida” a decenas de turistas que, sin pensarlo dos veces, pagan 64 dólares con tal de palpar el verdadero ambiente antillano de música, color y sabor, a través de la representación más exacta posible de lo que es Aruba cuando está de carnaval.

En esas calles cerradas que León Beréneos concibió como un fortín cultural para que los turistas dejaran atrás la perfección de las playas y el lujo que les ofrecen los hoteles y casinos de la isla, los turistas se adentran durante cuatro horas en el gusto de lo local. Allí, experimentan en carne propia el colorido de los disfraces adornados con lentejuelas y avaluados en más de diez mil dólares, que son fabricados a lo largo de un año entero por los isleños para lucirlos en su fiesta mayor, cada febrero. Pero también viven su música de tambores y pitos; valoran el legado africano y sus influencias holandesas; se acercan al papiamento y comprenden que es el símbolo de una cultura de goce y fusión; conocen la artesanía tradicional y la gastronomía de pastechi – empanadas– de coco o ciruelas; y ante todo, descubren lo más importante: la razón por la cual esta isla de escasos 112 kilómetros cuadrados es llamada con tanto énfasis “la isla feliz”.


Claro, Aruba tiene playas de fina arena blanca que bordean las aguas caribeñas de color turquesa, a donde más de 1,5 millones de turistas asisten cada año para nadar, hacer esnórquel, esquí acuático, kitesurf o simplemente para descansar a la sombra de un fofoti o divi divi, su árbol insigne.

Y tiene tantas posibilidades de diversión que una sola empresa especializada en turismo, De Palm, ofrece 75 planes distintos para disfrutar en esta isla que se puede recorrer completa en tres horas a bordo de un carro. Así que no es un destino para quienes creen que el secreto de unas vacaciones perfectas consiste en aislarse y renunciar a las comodidades de la civilización. Por el contrario, Aruba tiene hoy una sólida infraestructura turística que incluye cadenas hoteleras como Marriot, Westin, Hyatt, Radisson y Renaissance, entre otras; propiedades de tiempo compartido, grandes centros comerciales de exclusivas marcas, casinos y mucha diversión.

Pero adicionalmente, la isla tiene una personalidad propia que marca la diferencia. Por ejemplo, la mayoría de los isleños habla cuatro idiomas: holandés, papiamento, la lengua nativa; inglés y español, cuyo aprendizaje es de carácter obligatorio en el periodo escolar. Vale la pena escuchar las conversaciones entre ellos porque fácilmente saltan de uno a otro idioma entre frase y frase, sin llegar a perder el hilo de la conversación.

Esa personalidad sale a flote justo en el poblado de San Nicolás, en las cuatro horas del carnaval, cuando los habitantes se mezclan con los turistas durante el desfile y el baile, y las diferencias quedan relegadas. Allí, más que nunca, es evidente su intención de vivir la vida con “suavidad”, la palabra que más usan los locales para definirse, y que León, en medio del ambiente festivo de Charlys Bar, utiliza para explicar por qué Aruba es feliz y contagia de alegría a quien la visita.

El Carubbian Festival

De su personalidad única también hace parte el Festival Carubeño de San Nicolás o Carubbian Festival, un evento inaugurado en junio de 2011 y financiado por el Gobierno, al cual acuden en promedio cada semana más de 200 visitantes extranjeros que tienen la oportunidad de gozar y bailar cada jueves, como en ningún otro lugar.

Y es que la alegría y la felicidad que se respira hoy en Aruba, en donde no sobra decir que sus habitantes crecen y se educan bajo la premisa de que “el turista es lo primero en todo”, nació precisamente en el extremo sureste. En San Nicolás. Y ocurrió cuando en 1928 la Royal Dutch Shell construyó la refinería de petróleo Eagle Oil Refinery seguida por la compañía de petróleo y transporte Lago and Transport Company, absorbida cuatro años más tarde por la Standard Oil Company of New Jersey.

“Vinieron trabajadores del todo el mundo: holandeses, portugueses, franceses, pero sobre todo ingleses. Eran personas que estaban solas, que extrañaban sus costumbres, su cultura, su comida, su fiesta... ese es el legado que hoy tiene este lugar habitado por aproximadamente 28.000 hijos de inmigrantes que están comprometidos a replicar la cultura de fiesta que generó la Revolución Industrial y que hoy se mantiene viva a través de un carnaval”, dice León Beréneos, secretario de la Fundación Carubbian, antes de salir apresurado para supervisar a los bailarines y la logística de una parada, que está a punto de comenzar.

La isla feliz


Aruba es la más pequeña de las islas ABC (Bonaire y Curacao completan el trío) en la región anteriormente conocida como las Antillas Holandesas. Desde 1986 se convirtió en una entidad independiente bajo el Reino de los Países Bajos, aunque el gobierno holandés sigue siendo responsable de la defensa y de las relaciones exteriores.

“Por qué no vamos a estar felices si vivimos en una tranquilidad que no tiene precio. Yo no le niego que acá las cosas son un poco más costosas, pero uno se siente seguro y tranquilo, y eso se disfruta y se transmite”, dice Otto Quintero, un colombiano apodado “Doctor coco”, quien tiene su propio negocio de raspados justo al frente de uno de los principales atractivos de la isla: la Capilla de Alta Vista.

Con ta Bai? How are you? ¿Cómo estás? Cómo vai voce? La frase se repite una y otra vez en casinos, restaurantes, playas, catamaranes, en fin. Es palpable que gracias a las innumerables campañas y cursos de formación impartidos por el gobierno, la población local es consciente de la relevancia del trato profesional al visitante. Su buena actitud y permanente disposición para dar lo mejor de sí, hacen de los arubianos unos anfitriones incomparables. Como dice Angelo Tromp, gerente para grupos de la principal empresa de receptivos en la isla, Palm Tours, “acá te quieren, te miman, te cuidan y hasta terminan por invitarte a casa para cocinarte algo”.

Claro, hay muchos más motivos para estar feliz en Aruba. En términos generales, no hay pobreza, un empleado promedio tiene por lo menos un carro tipo camioneta y si es desempleado, cuenta con un subsidio del Gobierno. “No es parte de nuestra cultura el hambre, la pobreza... somos muy afortunados y esa felicidad y tranquilidad es lo que uno transmite a quien nos visita”, señala Ana Bella Peterson de Sausa, propietaria de Pinchos Grill, uno de los mejores restaurantes de la isla.

El bacanal

Son las 9:00 de la noche.Soca, calipso y limbo, son los ritmos que ya retumban en la calle principal de San Nicolás. Los vistosos trajes de pluma de colores que visten los lugareños y que por su tamaño, son casi imposibles de captar en una sola toma fotográfica, son la atracción de esta parada.

Turistas de varias nacionalidades tratan de imitar los movimientos cadenciosos que realiza el grupo de bailarines que se contonea al ritmo de las tamboras. Hace calor. Todos se apretujan en la estrecha vía, pero no parece importar. La felicidad de Aruba está ahí, se vive, se respira. Será en febrero cuando esta parada cobre magnitudes escalofriantes. Cuando se realice el Carnaval de Aruba.

Otra vez la perfección. Son las 10:00 de la noche y la fiesta, por lo menos en San Nicolás, ya termina. Mientras encarrila y acomoda las sillas que estuvieron dispuestas para sus invitados, León Berénos escucha a lo lejos a turistas que le gritan Danki, thank you, gracias. No sabe, eso sí, si es porque aliviaron sus penas, porque tomaron o porque, como él mismo advierte, consiguieron mujer.

Aruba en breve


El sol no falla nunca, llueve poco y nada, y la temperatura es tan estable que resulta sospechosa. Ah, como si fuera poco, la isla está fuera de la línea de los huracanes. Bon bini, Welcome, Bienvenido o Bem vindo es la palabra que más se escucha cuando se pisa territorio arubiano. Eso sí, el tiempo que transcurre desde que se arriba al aeropuerto internacional Reina Beatrix para comprobar que la frase “One Hapy Island” inscrita en todas las placas de los automóviles que circulan en Aruba no es un simple eslogan, es mínimo. En Aruba el viajero no debe adecuarse a la isla, sino que es ella la que se ajusta a los deseos de cada visitante, independientemente de su origen. Hay tanta perfección y organización, que quita el aliento. Hasta la brisa persistente que peina la copa de los divi divi se asocia a la fiesta permanente que se vive en la isla: no molesta, refresca. Todo encaja.

Los hoteles se despliegan sobre dos playas de la costa noroeste, Eagle Beach y Palm Beach. Allí, al igual que en los restantes balnearios, la arena es fina y suave como tiza molida que no quema los pies.

El mar parece dormido. Apenas se mueve. Es tan tibio y cristalino, además, que cuesta admitir que sea real. El sector para los bañistas, que no suele tener una profundidad mayor al metro sesenta o setenta, está delimitado por boyas. No por temor al ataque de tiburones, a los que nunca se los ha visto por la isla, sino porque ese es el comienzo del espacio para los deportes náuticos. Imagine el que quiera, y en Aruba están las facilidades y los profesionales para practicarlo.

Si uno por veteranía o pereza no quiere vivir estas emociones fuertes, la isla también se adapta. En la zona rocosa, en el costado norte, donde el intenso oleaje limita las actividades acuáticas, existen caminos de tierra por donde jeeps 4x4, caballos o cuatrimotos abren sus propios senderos.

Sí. La visita a esta zona paga el sacrificio de haber perdido unbucólico día de mar. Burros, iguanas y cabras merodean en busca de alimento y los espinosos cactus que yacen sobre la rojiza tierra, rememoran algunos paisajes de la costa caribe colombiana.

Desde Funchi y Keshi Yena, hasta ‘Aruba Ariba’


En Aruba existen más de 200 restaurantes que ofrecen opciones culinarias para todos los gustos y presupuestos. Si quiere probar la comida típica local, pero en un ambiente elegante que incluye manteles, velas y vino, el restaurante Papiamento es el lugar. Allí su propietario y chef Edward Ellis ofrece a los turistas la posibilidad de degustar carnes, pescados y mariscos cocinados sobre piedras de mármol y granito que son calentadas a más de 600 grados de temperatura. También ofrece Keshi Yena: corteza de queso holandés rellena con carne o pollo, queso y salsa, horneada al vapor, uno de los platos tradicionales de la isla.


Un lugar intermedio para cenar es Pinchos Grill. Ubicado en la zona de la marina, este restaurante ofrece variedad de platos a la parrilla, acompañado de salsas sin igual. Una excelente opción es la degustación compuesta de lomo con salsa de roquefort con un toque de ron, chorizo con salsa verde, camarón con salsa de mango, cerdo con salsa de kalúa y pastelitos de caracol acompañados con mayonesa de estragón.

Si usted quiere una opción más relajada y un poco más económica, le recomendamos la pescadería Zeerover, en la zona de Savaneta, que además funciona como muelle de desembarque y lugar de pescadores. Allí lo primero es elegir el pescado que se desea comer, cuyo precio depende de su peso. Minutos después la preparación llega a la mesa dentro de una canasta junto a otros productos típicos de la isla: Pan Bati (Panecillos de maíz); Funchi y papas. Eso sí, en este lugar no tienen cabida los cubiertos.

Desde Funchi y Keshi Yena, hasta ‘Aruba Ariba’ Otros gustos para el paladar, exclusivos de la isla, son su salsa picante de papaya, su cerveza local Balashi y, por su puesto, su popular coctel “Aruba Ariba”, preparado a base de tequila, ron, vodka, crema de banana, triple sec, jugo de limón, naranja, piña, granadina y cereza.

Guía de viaje

Dónde dormir


Renaissance Aruba Resort & Casino:

Situado en Oranjestad, este hotel de la cadena Marriot cuenta con dos torres: La Marina, exclusiva para adultos y la torre Playa, para familias con niños. Ambas comparten una isla privada con dos playas para sus huéspedes. Este hotel tiene además su propio centro comercial en donde se consiguen marcas de lujo como Louis Vuitton, Gucci, Salvatore Ferragamo, Chopard, BCBG, Furla y hasta esmeraldas colombianas. En la Torre de Playa se encuentra un centro comercial con cafés, restaurantes para todo tipo de gustos y salas de cine. También dispone de dos casinos.

Para saber más: Renaissance Aruba

 

Documentación

Los colombianos que posean visa americana, schengen o canadiense vigente pueden ingresar a la isla presentando solo su pasaporte. Para quienes no la tienen, deben tramitarla ante la Embajada del Reino de los Países Bajos en Bogotá o a través de su agencia de viajes preferida.

Para saber más: Documentación

Cómo llegar:

Desde Bogotá existen vuelos directos diarios vía Avianca Taca, Copa Airlines (vía Panamá) y Tiara Air, que tiene tres vuelos desde Riohacha y próximamente desde Medellín y Armenia. No hay que olvidar que las aerolíneas ofrecen conexiones desde cualquier ciudad del país.

 Por: Sandra Aguilera 

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