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La India simplemente irresistible

Es la tierra donde fue recibido el decimocuarto Dalái Lama, Tenzin Gyatso, actualmente en el exilio.


También yo sucumbí al hechizo de la India. Imposible resistirse. Por donde se mire este triángulo casi perfecto que se corona por el norte con las cumbres impolutas de los Himalayas, está dotado de todos los atractivos posibles en lo natural, en lo histórico, en lo arquitectónico y monumental, en lo cultural, religioso y artístico. La religión principal de este fabuloso país es el hinduismo, religión que llama la atención por su “no violencia”, la misma que llevó a Mahatma Gandhi a lograr la independencia de la India de Gran Bretaña armado de paciencia y disparando ayunos. Yo era niño (¡dichosa edad y dichosos tiempos aquellos!) y en casa de mis padres, luego del rezo vespertino del rosario, mi padre prendía el radio para oír noticias. Recuerdo muy bien que yo le preguntaba por qué hablaban de un señor que solo tomaba un vaso de agua y él me explicaba que los ayunos de Gandhi eran noticia mundial.

La India me fascinaba desde niño por sus tigres de Bengala y por la historia de Mowgli, acogida por los Boy Scouts. Más tarde, en mi juventud, por mis estudios me enamoré de la poesía intimista y delicada de Rabindranath Tagore y de los poemas épico-religiosos el Ramayana y el Mahabarata, así como de los Upanishads y del Bagavad Gita. Luego la India enamoraría al mundo por la caridad y amor infinitos de la madre Teresa de Calcuta.

Yo no volvía esta vez al Rajastán y los fastuosos palacios de los maharajás, con la barahúnda curiosa y la inolvidable experiencia de las ciudades por cuyas calles circulan en ambas direcciones vehículos, ciclistas, rickshaws, motociclistas, carretas tiradas por caballos, peatones en un desorden y abigarramiento impresionante en medio de los cuales no es raro ver un elefante o un camello que se mezclan entre los vehículos avanzando en sentido contrario.
Ahora iba al norte a visitar tres ciudades prodigiosas. Chandigarh, el sueño materializado de Le Corbusier; Shimla, el paraíso de verano de los virreyes de la India y Daramshala, la ciudad refugio de Dalai Lama.

Cuando Pakistán se separó de la India en 1947, esta perdió parte del estado de Punjab y su capital, Lahore, ciudad muy querida por los indios. Entonces Jawaharlal Nehru encomendó al mejor arquitecto de la época, Le Corbusier, que construyera una nueva capital para el estado indio de Punjab. Así surgió, de la mente prodigiosa del arquitecto suizo, la ciudad de Chandigarh y en ella se empeñó con la finura y minuciosidad de un relojero, profesión que el arquitecto desempeñó en su juventud.

jardín hecho con materiales desechables de todo tipo por el artista Nek Chand. Allí se ven figuras de seres que son hombres o animales en explanadas, laberintos, y pasadizos


La ciudad es una grilla reticular con sesenta sectores, cada uno para 150 familias, del tamaño de 1.5 por 1.5 kilómetros y está concebida como un cuerpo humano. Cada sector funciona como una ciudad aparte con sus negocios, instituciones educativas, áreas de recreo, hospitales, etc. Para ir de una parte a otra no se gastan más de 10 minutos a pie. La ciudad posee impresionantes franjas verdes y áreas de recreo y un lago; las calles cumplen funciones de alta velocidad, barriales, peatonales y de acceso doméstico. Hay cuatro edificios que llevan la marca del arquitecto y albergan instituciones gubernamentales: el Capitolio, las Cortes, el Secretariado y la Asamblea Legislativa. Según Le Corbusier el Capitolio es la cabeza, el corazón es la zona central de la ciudad, los pulmones son las zonas verdes, el cerebro son las instituciones educativas, el sistema circulatorio son las calles y el sistema digestivo es la zona industrial.

La ciudad posee el segundo destino turístico más visitado de la India después del Taj Mahal y es el Jardín de Rocas, un surrealista jardín hecho con materiales desechables de todo tipo por el artista Nek Chand. Allí se ven figuras de seres que son hombres o animales en explanadas, laberintos, y pasadizos. Un mundo onírico plasmado en la realidad.

A Shimla se puede llegar por carretera o por un tren que utiliza una de las vías férreas más curiosas y bellas del planeta. Se trata de un tren de vía estrecha, cuyos rieles están separados por apenas 760 milímetros. En 96 kilómetros de recorrido la vía tiene 103 túneles de los cuales el más famoso es el llamado Barog por el nombre de su constructor que empezó la obra por ambos extremos y no logró hacer coincidir los dos tramos en la mitad, ante lo cual fue multado con una rupia; avergonzado el ingeniero decidió suicidarse.

Siguen las singularidades de la vía: tiene 919 curvas, 20 estaciones y 864 puentes. El tren parte de 656 metros sobre el nivel del mar y sube hasta Shimla, ubicada a 2.076 metros, en tan solo 96 kilómetros de recorrido. Los paisajes que se divisan desde el tren pertenecen a los Himalayas y son espectaculares.

Señor Hanuman, el dios mono, uno de los dioses medulares de los hinduistas y que apoyó al rey-dios Rama en su lucha contra los enemigos y le ayudó a liberar a su esposa secuestrada.


Shimla está distribuida en siete colinas, cuyo desnivel hasta la base es de 300 metros. Esta sí es la ciudad de las siete colinas. El encanto maravilloso de Shimla reside en que las construcciones se encuentran en los filos y descienden hasta los dos tercios superiores de la altura y todas las casas y edificios parecen montados unos sobre otros en un amontonamiento singular.

Visito el templo del Señor Hanuman, el dios mono, uno de los dioses medulares de los hinduistas y que apoyó al rey-dios Rama en su lucha contra los enemigos y le ayudó a liberar a su esposa secuestrada. Alrededor del templo merodean decenas de pícaros monos macacos que quitan las gafas a los turistas y devotos distraídos.

Sigo mi camino, adentrándome más en los Himalayas y así llego a Dharamshala, otra ciudad colgada de las colinas. La ciudad está dividida en dos “barrios”: el de abajo llamado propiamente Dharamshala y el de arriba llamado Mcleod Gang. Mi máximo interés reside en el de arriba porque es la actual morada del Dalai Lama. Cuando en 1959 fue expulsado del Tíbet por los implacables comunistas, el gobierno de la India le dio por refugio esta ciudad. La ciudad es llamada Pequeño Tíbet porque allí priman la cultura y la religión de los budistas expulsados de la China. Visito pues, la residencia y el templo del Dalai Lama. La ciudad es un hervidero de monjes budistas y religiosos de varios cultos y creencias, además de turistas y viajeros de todo el mundo, de buscadores de experiencias espirituales y esotéricas, reencarnaciones y nirvanas y, por supuesto, de hippies.

Se trata de quince templos monolíticos tallados en roca viva y que fueron construidos hace mil años.


Toda la vida he tenido mucho interés en la doctrina de Buda y por ello visité los templos, lamasterios y centros culturales de los budistas, que abundan en la ciudad. En las dos calles centrales del pueblo que siguen el filo de la colina, se encuentran decenas y decenas de tiendas que venden toda clase de artículos relacionados con el budismo, el hinduismo, el sijismo y el jainismo, que son las cuatro religiones emparentadas entre sí y asentadas en esta parte de Asia.

Termino mi viaje al norte de la India himalaica visitando los templos de Masroor Rock Cut, situados cerca de Dharamshala. Se trata de quince templos monolíticos tallados en roca viva y que fueron construidos hace mil años. A pesar de estar a la intemperie, las figuras conservan la delicadeza y la finura con que fueron talladas. Frente a los templos hay un estanque ceremonial.

La India es muy grande y está dotada de bellezas paisajísticas y arquitectónicas por donde se mire. Un viaje a la India marca el imperativo del regreso a tan fabuloso país.

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