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La Playa de Belén una joya desconocida,

en Norte de Santander

Un pequeño poblado que recuerda a un pesebre y atrae por su gigante amigo: el Parque Natural Los Estoraques


Es difícil encontrar un pueblo en Colombia con sabor a tiempo, encanto y minimalismo, en el que todavía no sepan qué significa “guacamole” y no hayan llegado aún a vivir a él un centenar de citadinos de mediana edad autoexiliados con sus sombreros jipijape y sus talleres artísticos autoelogiados. Pero hay uno, por lo menos en el Norte de Santander al que le quedan pocos días para ser descubierto y convertirse en uno de los principales destinos turísticos del país.

Este pueblo es La Playa de Belén, con apenas 150 años, pero con un ambiente tricentenario, y que hasta ahora permaneció aislado de los vendedores de obleas por razones de seguridad y por una muy mala carretera que existía entre Cúcuta y Ocaña, que ahora es excelente aunque sigue produciendo vértigo al recorrerla. Subir este tirabuzón infinito, que parece buscar el cielo durante una importante parte de sus más de 200 kilómetros, es una experiencia andina única porque frente al abismo que bordea todo el tiempo hay una selva semitropical intacta y poseedora de todos los verdes posibles. El descenso final hacia la población de Ábrego y de allí a la propia Playa de Belén es tan sugestivo, que uno se pregunta por qué nunca le hablaron de eso, ni vio un video o cosa parecida sobre semejante paisaje.

Como por ahora el aeropuerto de Ocaña no funciona normalmente y esa carretera tuvo muy mala fama de retenciones ilegales de grupos armados, la otra opción más segura para llegar es desde Barrancabermeja o desde Bucaramanga. Pero también subiendo por tierra desde Tunja o viniendo de la costa, las carreteras son de aceptables a muy buenas para quien quiera hacer la excursión en carro propio, y encontrar esta pequeña maravilla casi desconocida, antes de que pierda su singular carisma.

En efecto el pequeñísimo y encantador pueblo de muy pocas calles, que se recorren en menos de media hora y con parsimonia, es único en su género por muchas razones. La principal es que no tiene pretensiones de pueblo museo o cosa parecida, sino simplemente de ser lo que es, un sello postal de otras épocas, un punto de referencia para los campesinos circundantes y un ocasional destino turístico no prefabricado; aunque de momento sólo lo visitan algunos pocos nacionales y uno que otro extranjero. Sus calles empedradas pero transitables, la uniformidad al parecer más espontánea que pactada de sus casitas blancas con ventanas, puertas y balcones rojos, y flores por doquier, lo convierten en algo único en nuestro país, donde la falsificación arquitectónica con sabor a viejo o los pastiches modernos incontrolados están acabando con tantos pueblos otrora con original encanto.

Pero lo más característico de La Playa de Belén en términos de sentirse en un lugar diferente a la gran ciudad, son sus habitantes, quienes no han abandonado su aire de campesinos ni su forma de vivir al ritmo de las horas y no de los segundos. A diferencia de otros pueblos bonitos de Colombia en los que se ve al visitante como un cajero automático móvil, en este todavía le cobran a todo el mundo por igual, y aún no ha llegado la moda de llamar boutique a los hoteles y gourmet a los restaurantes para poner precios europeos. Si bien es cierto que son pocos los alojamientos, son bastante decentes y bonitos y con una buena relación calidad precio. Comer sí es más difícil porque hay pocas opciones en el pueblo, pero camino de los Estoraques existe un buen restaurante de carne a la parrilla, con chivo incluido en el menú, por supuesto.

Los Estoraques


Y es que la joya de la corona de La Playa de Belén son justamente los Estoraques, unas formaciones geológicas labradas por el agua y el viento durante milenios, cuyo resultado final es un laberinto de columnas, cuevas y pedestales por el cual los pocos turistas atraviesan boquiabiertos en un paseo de una hora y media o menos. Es fácil y hasta se hace corto por la magnificencia de las esculturas naturales formadas lenta e imperceptiblemente por los elementos y aún no destruidas por la mano humana, por ser ya área protegida y parque natural. Vale la pena ascender a lo alto de las colinas de tierra por caminos marcados y asombrarse en silencio de un paisaje único en el país, a la vez bonito y extraño a los ojos, que parece como salido de una película de Stars Wars. Un amante de los desiertos tendrá que sumar a su colección de favoritos en Latinoamérica, junto con Tatacoa y hasta Atacama, a este pequeño paraje natural exento aún de construcciones vecinas y contaminación visual, visitable a pocos minutos en carro del pueblo o a menos de una hora caminando sin afanes.

Algunos combinan la visita al parque con una subida al Pinar, una pequeña meseta reforestada con enormes pinos, a altura conveniente para panorámicas relajantes y encuentros de amigos, familias y enamorados, situada a media hora andando del Parque Natural los Estoraques. La temperatura promedio de la zona, que es de 21 grados centígrados, hace que ni el frío ni el calor sean un obstáculo para hacer este recorrido en medio día largo. Da tiempo de regresar para ver el sereno fin de tarde en la pequeña plaza central, visitar su iglesia, e incluso subir al altísimo cementerio cercano para apreciar desde otro ángulo tanto a los Estoraques, como a el mismo pueblo y su apariencia justamente de pesebre que no crece a lo ancho por barreras naturales ni a lo largo porque fue declarado Monumento Nacional en 2005, diez años después de haber ganado el premio al municipio más bonito de Norte de Santander.


En un lateral del casco urbano, pero con salida a la parte trasera de los Estoraques, vale la pena ir al parque recreativo privado que un local ha abierto, previendo lo que se viene en pocos años de turismo de masas hacia el pueblo. Lo más llamativo es el espeluznante canopy que se ha instalado entre dos altísimas colinas, y la vista circundante que se aprecia desde el punto de llegada del mismo, al que pueden acceder también con costo quienes no fueron por adrenalina a un lugar tan tranquilo como La Playa de Belén.

En los alrededores se puede hacer otro tipo de visitas a lugares naturales como pequeñas cascadas con pozo o explorar los campos bien cuidados, pero con la precaución de preguntar por el orden público porque aún ha habido ataques a autoridades en los extrarradios, aunque las incursiones en el mismo pueblo cesaron hace tiempo y no parecen ya posibles en el actual clima de conversaciones. Más seguro es visitar el Río Oroque en la vecina Ábrego, con sus famosos pozos para el baño y su parque ecoturístico, y otras posibilidades que ofrece la región y que por ahora sólo disfrutan los ciudadanos de la vecina Ocaña los fines de semana.

Quedarse en La Playa de Belén varios días vale la pena para tomarle el pulso al poblado sin afanes. Y si es navidad, para visitar las casas con pesebres interactivos abiertas al público, y disfrutar las novenas con niños disfrazados de pastorcitos, que cada barrio celebra en una calle diferente al fin de la tarde, transportando en el tiempo hasta al más escéptico visitante.

También se puede asistir en esta temporada, si encuentra silla, a la concurridísima misa navideña de cada noche, en la que participa toda la comunidad de un modo u otro, pero especialmente los niños, con sus cantos y desfiles navideños. No se debe perder luego la multitudinaria fiesta de navidad, animada desde el atrio por el mismo sacerdote. Cada noche esta celebración va acompañada por una gran alegría en torno a los fuegos artificiales donados por los comerciantes y cuidadosamente ejecutados, salvo las excitantes vacaslocas (alguien corriendo con una caja de madera llena de chorrillos), que son el tope de la celebración. En contraste con este sabor a navidades de otras épocas, quien se haya retirado a descansar puede seguir viendo la fiesta a través de una cámara puesta por la Alcaldía en el centro de la plaza, que transmite las imágenes por un canal de televisión accesible en las habitaciones de los hoteles del pueblo.


Una vez concluida la vista a La Playa de Belén, a los Estoraques y los alrededores, vale la pena parar un día entero en la histórica Ocaña, a sólo 28 kilómetros, la que al igual que Pamplona ha perdido con la modernidad y por descuido, el encanto que tenía en las fotos de nuestros libros de primaria, pero que aún conserva un cierto aire de republicanismo decimonónico y un par de sitios visitables. La casa de la famosa Convención de Ocaña, a la que no invitaron a Bolívar y que terminó atomizando el sueño de este de una Gran Colombia, merece una pequeña visita (así como la contigua iglesia de San Francisco), pero hay que pedir permiso para abrir los dos cuartos remodelados porque aún no es un museo en forma. Si lo intenta, puede eso sí hablar con el presidente de la Academia de Historia, siempre presto a responder preguntas obvias o difíciles y a contar anécdotas poco conocidas de nuestra historia postcolonial. Pero sobre todo no se debe dejar de visitar el Museo de la Ciudad de Ocaña, Antón Bonilla, recién reinaugurado, con salas precolombina, colonial y republicana, espléndidamente bien dotadas, decoradas y distribuidas y, mejor aún, si consigue que lo guíe su amable y muy bien enterada directora. A la salida y justo en frente del museo no olvide comer la famosa arepa ocañera, con rellenos muy santanderanos, en un sencillo restaurante familiar.

En síntesis, La Playa de Belén es un joyita desconocida que será descubierta en breve como muchos otros bellos destinos colombianos hasta hace poco casi abandonados, por una desafortunada combinación de malas vías e inseguridad, situación que está siendo superada año tras año desde hace más de una década. Vaya a ver este pueblo en particular, uno de los más bonitos de Colombia, antes de que la conviertan en otro ícono turístico invadido por los gustos citadinos de los visitantes y le den el menú en inglés con desayunos a diez dólares.

Texto: David Roll.

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